LA Navidad – Origen de La Nochevieja

Desde los inicios del Imperio Romano, Enero estaba dedicado al dios bifronte Janus, que mira delante y detrás: al año que se va y el comienzo del que viene, por eso le representaban con dos rostros, uno barbudo y viejo y el otro jovencito.
Su principal templo en el Foro Romano tenía puertas que daban al este y al oeste, hacia el principio y el final del día, y entre ellas se situaba su estatua, con dos caras, cada una mirando en sentidos opuestos.
Pero más importante era aún que se consideraba a Jano el dios de los solsticios, las «puertas solsticiales» o «puertas del cielo». Así, el solsticio de verano —fecha a partir de la cual la luz diurna se va reduciendo diariamente— era llamado janua inferni, la puerta del infierno o de los hombres, y el solsticio de invierno, janua coeli, la puerta de los dioses. Además, esta divinidad era para los miembros de los collegia fabrorum romanos –los constructores–, el dios de iniciación a los misterios…
Se le representa teniendo una llave en una mano, y en la otra una vara, para indicar que es guardián de las puertas y que preside los caminos.”
Jano es el dios en el que reside el principio y el fin de todas las cosas, el alfa y omega. Esta idea es recogida por la religión cristiana: Dios, como principio y fin de todas las cosas, recogiendo de él igualmente el símbolo con que se representaba al dios Jano en sus templos.

Los romanos invitaban a comer a los amigos y se intercambiaban miel con dátiles e higos para que pasase el sabor de las cosas y que el año que empezase fuese dulce. Esta vieja costumbre romana fue poco a poco entrando en Europa, donde con la misma finalidad venturosa comenzaron a ofrecerse lentejas, de las que se dice que propician la prosperidad económica del año que empieza. En la Edad Media la Iglesia trató de oponerse a las viejas costumbres, pero no consiguió extirpar la atmósfera disipada de, la noche de San Silvestre, que se mantuvo como la última isla pagana de las doce noches navideñas (las comprendidas entre la Navidad y la Epifanía), que la Iglesia consideraba como periodo de renovación para mejorar el año venidero.
La tradición de tomar las doce uvas se remonta tan sólo a principios de nuestro siglo. La implantación de esta costumbre, que por cierto, es exclusiva de nuestro país, no se debe a motivos religiosos o culturales, sino más bien a meros intereses económicos. En la Nochevieja de 1909, los cosecheros, en un esfuerzo desesperado de imaginación, consiguieron desembarazarse del excedente de uvas de ese año inventando el rito de tomar las uvas de la suerte en la última noche del año.
fuente: Javier – El Buril
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